AD MAIOREM DEI GLORIAM

sábado, 5 de junio de 2010

La muerte como el gènesis



¿Acaso resulta tan terrible no ser? a fin de cuentas, durante tiempo no fuimos y eso no nos hizo sufrir en modo alguno. Tras la muerte iremos (en el supuesto de que el verbo “ir” sea aquí adecuado) al mismo sitio o ausencia de todo sitio donde estuvimos ( ¿o no estuvimos?) ANTES DE NACER. Lucrecio, el gran discípulo romano del griego Epicureo, Constató este paralelismo en unos versos merecidamente inolvidables:

Mira también los siglos infinitos
Que han predicho a nuestro nacimiento
Y nada son para la vida nuestra.
Naturaleza en ellos nos ofrece
Como un espejo del futuro tiempo
Por último, después de nuestra muerte.
¿Hay algo aquí de horrible y enfadoso?
¿No es más seguro que un profundo sueño?
“De Rerum Natura”

Inquietarse por los años y los siglos en que ya no estaremos entre los vivos resulta tan caprichoso como preocuparse por los años y los siglos que aún no habíamos venido al mundo. Ni antes nos dolió no estar ni es razonable suponer que luego nos dolerá definitiva ausencia. En el fondo, cuando la muerte nos hiere a través de la imaginación ¡pobre de mí, todos tan felices disfrutando del sol y del amor, todos menos yo, que ya nunca más, nunca más…!
Es precisamente ahora que todavía estamos vivos. Quizá deberíamos reflexionar un poco más sobre el asombro de haber nacido, que es tan grande como el espantoso asombro de la muerte. Si la muerte es no ser, ya la hemos vencido una vez: EL DIA QUE NACIMOS.
Es el propio Lucrecio quien habla en su poema filosófico de la mors aetern, la muerte eterna de lo que nunca ha sido ni será. Pues bien, nosotros seremos mortales pero de la muerte eterna ya nos hemos escapado. A esa muerte enorme le hemos robado un cierto tiempo los días, meses o años que hemos vivido, cada instante que seguimos viviendo y ese tiempo pase lo que pase siempre será nuestro, de los triunfalmente nacidos, y nunca suyo, pese a que también debamos luego irremediablemente morir.

Murieron otros, pero ello aconteció en el pasado.
Que es la estación (nadie lo ignora) más propicia
A la muerte.
¿Es posible que yo, súbdito de Yaqub Almansur, muera como tuvieron que morir las rosas y Aristóteles?
“Obra poética completa”


Escrito por: Fernando Savater en "Las preguntas de la vida"

El suicidio de E.Moll


Puesto que a nadie se le preguntó si deseaba o no venir a este mundo, justo sería que al menos pueda elegir por no decir, exigir el derecho o la potestad de poner fin a su vida cuándo y cómo lo decida. Cada quien es dueño de su destino, de su cuerpo y de su esencia, que son los elementos más preciados en la vitrina de los recuerdos y experiencias pasadas.

Lo único seguro en nuestro futuro al momento de nacer es la muerte. Tan real e irónico como eso.
La vida es ¿qué duda cabe? El mejor regalo que se puede recibir. Renegar de un obsequio de esa magnitud es una pésima elección, pero una lección al fin y al cabo y, por ende, respetable. ¡Qué fortuna para unos y qué pena para otros! Aunque muchos piensen al revés si es que logran concentrarse para hacer el esfuerzo de reflexionar, “pienso luego existo”, el resultado de un suicidio o de un arrepentimiento del mismo depende de muchos factores externos o internos, aceptables o no, extremistas o ecletistas, en su ruta por el cauce vivencial.

¡Que viva la vida hasta donde cada cual pueda surcarla!


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Creo que recién se tiene noción de la importancia del término vida, cuando se está a punto de dejar de existir. La transición de la vida a la muerte es la toma de conciencia de la incertidumbre del momento más crucial de un ser. La vida es como la ilusión óptica, a la que se quiere disfrazar constantemente de todas las formas imaginables. La muerte es la única realidad de la vida. Hay que estar vivo para llegar a saber lo que es la muerte. Espantosa verdad, frente a la que todos caminan, como si fuera un espejismo, algo que se va alejando cuanto más trata uno de acercarse a ella.

“una violenta ráfaga de calor la sumió en un eterno sueño”

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Muchos de los seres humanos por no decir casi todos viven la vida como si tuvieran mil años por delante. Ni siquiera mil años, más bien diez mil, cien mil o un millón de años. Llenan sus horas con, estupefacientes, sentados en un automóvil, viendo cómo retrocede la pista bajo su asiento, dejando tras de sí el parpadeo de sus ojos, esperando el inicio de la semana, esperando el fin del día, esperando el comienzo de un programa de televisión, esperando levantarse al día siguiente del día que esperaron levantarse, del día siguiente que esperaron dormirse.
Y no sigo, pues me estoy cansando de esperar esperando.
Dispénsenme por hacerlos esperar.


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Intento de suicidio
Que importa de qué realidad se trataba en ese momento! El hecho es que no debía cejar ante lo que me había propuesto minutos antes u horas, días, mese, años, quizás desde el día en que me concibieron, o sea, apretar el gatillo y punto.

El calor de la euforia va disolviendo lo que queda del coagulo, y sus restos viscosos vuelven al canal lleno de agua que circunda la fortaleza. Allí, las ratas sin apremio ni premura sorben el gelatinoso residuo y retornan finalmente, una vez saciadas, al campo.


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Había que tomar una decisión y tomarla ya, de una vez por todas ¿Cuántas horas, días o meses mas iba a seguir parado en el baño ante el espejo de marco blanco, observando, indeciso, pistola en mano, hacer realidad una irracionalidad? Porque es, al final de cuenta, el suicidio: escapar de sì mismo, tratar de adelantarse a su propia sombra, llegar a al estación final nates que el tren, huir siempre huir, huir ¿hasta dónde? Huir ¿hasta cuándo? ¡¿Qué más da?!


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Todo será feliz felicidad temporal, pero una felicidad en manos de los hombres; una felicidad temporal, insegura, escurridiza y hasta algo fingida. El árbol y los niños se comprenderán maravillosamente. No pasará un día en que no estarán juntos durante algunos minutos siquiera.

Escrito por: Eduardo Moll.