AD MAIOREM DEI GLORIAM

viernes, 9 de septiembre de 2016

2015

Tu minúsculo cuerpo se balanceaba en el anden del tren.
Camisa guinda y unos zapatos marrones.
Miraba perdidamente por las calles.
Nos saludamos y caminamos sin parar. Tu hablabas incansablemente, me preguntaba en qué momento te callarías.
Yo reposaba en un absoluto silencio, mientras las lágrimas corrían, me abrazaste rompiendo ese hielo que nos unía y separaba.
El fondo musical incitaba a una tarde mágica.
Estábamos ahí tu y yo. Dos personas solitarias y con miedos que nos afrontaban cada vez más.
Una vocecilla me decía: "Esta mal" ¿Qué era bueno o malo si solo quería calmar la necesidad de sentirme bien?
Me quede dormida y tu solo mirabas de reojo cogiendo el libro que prometías prestarme si me levantaba.
Sacaste la regla y recreaste una historia. Sabías ya mis gustos.
Empece a hablar de lo que amaba más, mirabas el techo como si cada palabra mía estaría pegada, ahí donde nadie quiere verla.
Era noche, yo debía irme por respeto imaginario.
Yo veía como tus pupilas se dilataban al verme. Te diste cuenta y empezaste a decir cosas feas, yo solo reía. Ambos sabíamos que era mentira.
Llegamos al paradero, cruzaste un pequeño taburete, te balanceabas queriendo sentirte niño e inocente cuando sabíamos que no tenías nada de eso.
Bajaste y tenías que despedirte.
A dos metros me dijiste "Adiós".
¿Tenía que ser siempre así? ¿No era acaso lo mejor?